Si una lección dejó el coronavirus es que más allá de lo que indiquen los reportes epidemiológicos confeccionados por el Ministerio de Salud, las conversaciones entre conocidos suelen funcionar como el mejor termómetro. En las últimas semanas, no hay persona que no tenga un familiar o amigo sin cursar dengue. Los especialistas que siguen de cerca su evolución ya hablan de “uno de los peores brotes de la historia”, con 79 personas fallecidas en la temporada y 103 mil contagios en lo que va de 2024. Si se lo compara con el año anterior, el incremento es vertiginoso, ya que para la misma época se notificaban 8.343. El titular de la cartera sanitaria, Mario Russo, mantiene la cautela y dice que «estamos cerca del pico de casos»; mientras que el vocero, Manuel Adorni, opina que “no es necesario” incluir la vacuna en el calendario y que “su efectividad no está comprobada”. Los virólogos consultados por Página 12, sin embargo, matizan estos dichos.

Daniela Hozbor, bioquímica e investigadora principal del Conicet en el Instituto de Biotecnología y Biología Molecular de La Plata, apunta: “Es cierto que si estamos diciendo que el esquema requiere de dos dosis espaciadas por un mínimo de tres meses, los resultados de prevención no los vamos a ver al minuto 1 de aplicar la dosis. No obstante, una de las cosas que se observa como tendencia es que el dengue está todo el año; en particular, en las provincias del noreste argentino. Con lo cual, sería muy positivo sumar esta herramienta a las otras medidas preventivas que ya conocemos para ir generando inmunidad”.

A su turno, el virólogo Mario Lozano, apunta: “El caso del combate del dengue tiene que ser considerado una estrategia global de prevención de la salud y por ello es importante que los Estados participen activamente en garantizar que todas las personas que necesitan vacunarse puedan hacerlo. En caso contrario, lo único que vamos a garantizar es que el virus siga circulando entre nuestra población”.

La vacuna japonesa disponible en Argentina es la Qdenga, elaborada por el laboratorio Takeda. Para poder acceder a la protección, las personas tienen que gastar 140 mil pesos, 70 mil en cada dosis. Como el acceso es limitado y no está incluida en el calendario obligatorio, hay Estados provinciales como Misiones, Salta y Corrientes que ya consiguieron las propias para sus habitantes. Legisladores santafesinos, por su parte, ya presentaron un proyecto para que puedan ser gratuitas, pero como se sabe el camino parlamentario suele demorarse.

“La eficacia de la vacuna para prevenir el contagio es de alrededor del 80 por ciento y para la protección de la enfermedad grave del 90 por ciento, un año después de la vacunación”, describe Lozano. Luego comparte un dato interesante: “Si los individuos vacunados habían padecido dengue previamente a la vacunación, la vacuna evita las hospitalizaciones por la enfermedad grave en un 78 por ciento de los casos hasta 3 años después de la vacunación. En los individuos vacunados que no habían tenido dengue previo a la vacunación la eficiencia de protección es más baja, disminuyendo al 45 por ciento tres años después de la vacunación”, sostiene el científico.

Una herramienta que hay que usar

La Qdenga tiene como base al serotipo 2 del virus y se le agrega material genético de los restantes (1, 3 y 4) con el objetivo de ofrecer una protección integral contra todas las formas de dengue que circulan en el planeta. Contraindicada en embarazadas y en individuos inumunosuprimidos, son dos dosis que deben aplicarse con tres meses de diferencia. Hozbor amplía la información. “Es una plataforma de virus atenuados, es decir, que se replica pero no enferma. Ello permite al organismo humano inducir respuesta inmunológica. Su objetivo es brindar una respuesta inmunológica preventiva para los cuatro serotipos”.

Aunque desde la Comisión Nacional de Inmunizaciones (Conain) no se ha emitido ningún dictamen que indique cómo y cuándo usar la vacuna, para Lozano “es evidente que es mucho más eficiente en pacientes que ya han padecido el dengue al menos una vez. Esto no quiere decir que esté contraindicada en los pacientes que no lo padecieron, pero es notable la diferencia de eficacia entre ambos grupos para prevenir la enfermedad grave”.

Luego, ofrece su punto de vista sobre cuál podría ser la estrategia de inmunización a escala masiva: “La población objetivo de una potencial estrategia nacional de vacunación deberían ser quienes ya padecieron dengue y estos se encontrarán entre los residentes de las provincias con transmisión ininterrumpida durante este brote (noreste argentino), y de las provincias que están padeciendo brotes o epidemias actualmente (noroeste y centro)”. Si está disponible, la vacuna es una tecnología que no se puede desaprovechar.

Además, cuenta Lozano, existen otras vacunas contra el dengue que se hallan en diferentes etapas del desarrollo. Una de las más conocidas es la tecnología diseñada por los laboratorios Sanofi-Pasteur de Francia que “se dejó de usar al poco tiempo de ser lanzada porque los resultados de las últimas fases clínicas no fueron satisfactorios”. Además, hay una tercera opción que aún no culminó sus ensayos clínicos denominada “TV003”. “En este caso, está siendo desarrollada por los Institutos Nacionales de Salud (Bethesda, MD, EE. UU.) en conjunto con el Instituto Butantan de San Pablo (Brasil) y la empresa Merck, y se encuentra en ensayos de fase 3”, especifica.

El Estado mira para otro lado

Aunque las epidemias no responden a una sola causa, uno de los grandes responsables del brote inusual de este año, según sostienen algunos expertos, puede haber sido el calor. El 2023 fue el año más cálido de la historia y la temperatura alta provoca que el virus se multiplique y se transmita mejor. Como dato adicional, la prevención y la atención no funciona de manera adecuada en ningún eslabón de la cadena. Cuando el Estado se ausenta, también se siente por varias razones.

El repelente en muchos casos es inaccesible por su alto costo, los hospitales no cuentan con los reactivos necesarios para realizar los diagnósticos en tiempo y forma y, para colmo, el gobierno desfinancia a la ciencia que desde hace décadas estudia de manera sostenida el comportamiento del virus y del mosquito vector. Hay provincias que ya decidieron reprogramar cirugías para dejar las unidades de terapia intensiva a los casos graves de dengue. En paralelo, los medios y las redes ofrecen imágenes que exhiben a familias que realizan interminables filas en los hospitales para que puedan atender a sus hijos e hijas que afrontan un malestar generalizado. No en vano al dengue se lo conoce por la “fiebre rompehuesos” que causa.

Tampoco hay campañas de salud para poder reforzar en la población la conciencia con respecto a los cuidados y a las prevenciones que se pueden tener. Sobre todo, en contextos de precipitaciones en aumento y ante la posibilidad de estanques, floreros, macetas y demás recipientes llenos de agua. Aunque en marzo las cifras de contagios suelen disminuir, lo cierto es que este año la suba podría estirarse hasta Semana Santa, contexto de gran movilidad de las personas.

Además de Argentina, Brasil y Paraguay son las otras dos naciones que destacan por la epidemia y concentran, en el presente, el 89 por ciento de los casos totales. De hecho, en febrero la Organización Panamericana de la Salud emitió una alerta.

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