Un nuevo enfoque de bienestar pone el foco en la relación entre el metabolismo y los ritmos circadianos como estrategia para reactivar la quema de grasa sin recurrir a dietas extremas ni restricciones prolongadas. La propuesta se basa en mejorar la llamada flexibilidad metabólica, es decir, la capacidad del cuerpo de alternar eficientemente entre el uso de carbohidratos y grasas como fuente de energía.
Especialistas en salud metabólica explican que este proceso permite acceder con mayor facilidad a las reservas de grasa, al mismo tiempo que protege la masa muscular y contribuye a una mejor salud a largo plazo. A diferencia de los planes tradicionales, el eje no está puesto únicamente en qué se come, sino también en cuándo se come y cómo se organizan los hábitos diarios.
El plan sugiere concentrar la alimentación en dos comidas principales: un brunch al mediodía y una cena temprana. De esta manera, se establece una ventana alimentaria de alrededor de diez horas, alineada con el reloj biológico del organismo. La propuesta prioriza una dieta baja en carbohidratos, rica en proteínas magras, grasas saludables y verduras, con el objetivo de mantener estables los niveles de insulina y favorecer la utilización de grasa corporal.
Entre los hábitos complementarios, se destaca la importancia de respetar horarios regulares de sueño y descanso, con un promedio de siete a nueve horas por noche. La exposición a la luz natural durante la mañana cumple un rol clave para sincronizar el ritmo circadiano, al igual que la actividad física de intensidad moderada, especialmente ejercicios aeróbicos sostenidos.
También se recomienda realizar caminatas breves luego de las comidas para mejorar el control del azúcar en sangre y reducir el almacenamiento de grasa. En cuanto a la hidratación, los especialistas aconsejan ingerir entre 2,5 y 3 litros de líquidos diarios y limitar el consumo de cafeína después del mediodía para no alterar el descanso nocturno.
El manejo del estrés ocupa un lugar central dentro de este enfoque. Técnicas de relajación, respiración consciente y prácticas como la alternancia de duchas calientes y frías o el uso de sauna buscan reducir el impacto del cortisol, una hormona asociada al aumento de grasa abdominal cuando se mantiene elevada de forma crónica.
El plan incluye un esquema alimentario orientativo de tres días, con platos basados en pescados, huevos, carnes magras, verduras y lácteos fermentados. Según los especialistas, este tipo de alimentación ayuda a disminuir los antojos, mejorar la sensibilidad a la insulina y sostener los cambios en el tiempo.
Quienes promueven este método aseguran que, tras los primeros días, muchas personas experimentan mayor energía y motivación, lo que facilita la continuidad de hábitos saludables. La clave, remarcan, no está en soluciones rápidas, sino en la constancia y en comprender que el horario de las comidas y el descanso son tan determinantes como la calidad de los alimentos.