La migraña es una enfermedad neurológica crónica y compleja, muy diferente al dolor de cabeza común. Se caracteriza por episodios recurrentes de dolor intenso, generalmente pulsátil, que pueden estar acompañados de náuseas, vómitos y una marcada sensibilidad a la luz, los sonidos y los olores. A nivel mundial, es reconocida como la segunda causa de discapacidad, y en Argentina afecta a casi una de cada diez personas.
Durante el verano, muchas personas que conviven con migraña notan un empeoramiento de los síntomas o un aumento en la frecuencia de las crisis. Las altas temperaturas, los cambios de rutina y algunos hábitos típicos de las vacaciones se combinan y actúan como desencadenantes frecuentes.
Uno de los principales factores es la deshidratación. El calor favorece la pérdida de líquidos y, cuando no se reponen adecuadamente, puede producirse un desequilibrio que desencadene episodios migrañosos. A esto se suma la exposición prolongada al sol y a la luz intensa, que en personas sensibles puede activar los mecanismos neurológicos asociados a la migraña.
El calor extremo y la humedad también influyen. Estas condiciones generan estrés en el organismo, favorecen la dilatación de los vasos sanguíneos y alteran la regulación térmica, lo que puede potenciar el dolor. Además, durante las vacaciones suelen modificarse los horarios de sueño y de comidas, dos aspectos clave para quienes padecen migraña, ya que la irregularidad en las rutinas es un disparador conocido.
El consumo de alcohol, bebidas con cafeína o muy frías, más habitual en verano, también puede agravar el cuadro, al igual que los cambios bruscos de temperatura, como pasar del calor intenso al aire acondicionado muy frío.
Para prevenir crisis durante esta época del año, los especialistas recomiendan mantener una hidratación constante, incluso antes de sentir sed, protegerse del sol con gorros y anteojos, y evitar la exposición en las horas de mayor radiación. Sostener horarios regulares de descanso y alimentación, moderar el consumo de alcohol y prestar atención a los cambios de temperatura también puede ayudar a reducir la frecuencia de los episodios.
Si bien la migraña no tiene una única causa y los desencadenantes varían de una persona a otra, identificar los propios factores de riesgo y anticiparse a ellos resulta clave. Un manejo preventivo adecuado permite atravesar el verano con menos crisis y una mejor calidad de vida.