En gran parte del mundo hispanohablante, el martes 13 es sinónimo de mala suerte. La advertencia popular “en martes 13 ni te cases ni te embarques” atraviesa siglos y generaciones, y aunque hoy muchos la repiten de forma casi ritual, su origen se apoya en una combinación de creencias antiguas, simbolismos religiosos y hechos históricos que dieron forma a esta superstición.
Uno de los pilares de la creencia es el número 13, históricamente asociado al desorden y a la ruptura del equilibrio. En la tradición cristiana, el número quedó marcado por la Última Cena, donde trece personas compartieron la mesa antes de la traición y la muerte de Jesús. Esta asociación reforzó la idea de que el 13 rompe la armonía representada por el número 12, presente en múltiples referencias religiosas y culturales.
El otro componente clave es el martes, un día vinculado desde la antigüedad al dios Marte, figura central de la guerra y la destrucción en la mitología romana. Su influencia simbólica hizo que el martes fuera considerado un día cargado de conflictos, violencia y acontecimientos negativos. En la Edad Media, esta concepción se afianzó y pasó a formar parte del imaginario colectivo europeo.
A estos elementos simbólicos se sumaron hechos históricos que consolidaron la creencia. Uno de los más citados es la caída de Constantinopla, un acontecimiento de enorme impacto para el mundo cristiano oriental, que ocurrió un martes. Este dato fue utilizado durante siglos como ejemplo de la mala fortuna asociada a ese día, reforzando la superstición.
La combinación del martes con el número 13 terminó de darle forma a la creencia tal como se conoce hoy. Sin embargo, esta idea no es universal: en los países anglosajones, el día considerado de mala suerte es el viernes 13, lo que demuestra que estas supersticiones varían según las tradiciones culturales y religiosas de cada región.
En la actualidad, el martes 13 sigue despertando cautela en algunas personas, que evitan tomar decisiones importantes o realizar viajes, mientras que para otras es apenas una curiosidad heredada del pasado. Más allá de su vigencia real, esta superstición refleja cómo la historia, la religión y los mitos continúan influyendo en la vida cotidiana, incluso en sociedades que se consideran racionales y modernas.