La crianza de niños y niñas atraviesa una transformación profunda en la era digital. Las pantallas se instalaron en la vida cotidiana sin transición ni manual de uso, modificando rutinas, vínculos y formas de aprendizaje, mientras madres y padres intentan adaptarse a una realidad para la que muchas veces no fueron preparados. La brecha generacional digital crece y plantea interrogantes cada vez más urgentes.
Especialistas en educación y salud advierten que la exposición temprana y prolongada a dispositivos electrónicos puede afectar la capacidad de atención, el desarrollo del pensamiento crítico y los procesos de aprendizaje básicos, como la lectoescritura. A diferencia de generaciones anteriores, la infancia actual incorpora la tecnología desde los primeros años, lo que obliga a repensar el rol adulto en la mediación del consumo digital.
El debate volvió a instalarse con fuerza tras declaraciones del empresario y referente tecnológico Bill Gates, quien señaló que el uso de teléfonos celulares debería postergarse hasta edades más avanzadas. Sus dichos se apoyan en evidencias que indican que el uso excesivo de pantallas limita la concentración profunda en entornos no digitales y desplaza actividades esenciales para el desarrollo cognitivo y emocional.
En este escenario, familias y escuelas enfrentan un doble desafío: acompañar a niños y niñas en un entorno hiperconectado sin caer en la prohibición absoluta ni en la falta de límites. La ausencia de consensos claros y de políticas públicas integrales deja muchas decisiones libradas al ámbito doméstico, donde no siempre existen herramientas suficientes para abordar el problema.
La crianza en tiempos digitales exige nuevas estrategias, acuerdos y acompañamiento comunitario. Regular los tiempos de pantalla, supervisar contenidos y promover espacios de juego, lectura y diálogo aparecen como prácticas clave para equilibrar el impacto de la tecnología y garantizar un desarrollo saludable en una infancia cada vez más expuesta al mundo virtual.