Un estudio reciente del centro de investigaciones Pensar Lab trazó una radiografía preocupante de la clase media argentina, marcada por la pérdida de poder adquisitivo, la reducción del consumo y la sensación de que el progreso se volvió inalcanzable.
De acuerdo con los resultados, el 41% de los encuestados considera que vive peor que sus padres, mientras que solo un 27% cree mantener el mismo nivel de vida y otro 27% asegura haber mejorado. La percepción general es de retroceso, tanto económico como social, en comparación con generaciones anteriores.
El informe también señala que el 63% de los argentinos reconoció haber resignado consumos esenciales durante el último año, afectando principalmente rubros como el esparcimiento, la educación, la indumentaria y los alimentos. Pese a los ajustes, la mayoría mantiene la intención de conservar gastos vinculados a la salud y la vivienda, considerados los últimos bastiones de estabilidad.
Otro dato relevante del estudio es que más de la mitad de la población cree que la clase media se está reduciendo. Muchos entrevistados aseguran que la movilidad ascendente ya no existe y que el esfuerzo individual dejó de garantizar una mejora en la calidad de vida.
Los investigadores describen este fenómeno como una “pérdida del horizonte de bienestar”: la clase media, históricamente asociada a la posibilidad de progreso, ahora se percibe vulnerable, dependiente de políticas de contención y con un fuerte temor a caer en la pobreza.
En un contexto de inflación persistente, salarios estancados y aumento del costo de vida, el informe concluye que la prioridad de los argentinos ya no es crecer, sino resistir. La estabilidad, antes vista como punto de partida, se transformó en el objetivo principal de una sociedad que siente que vive peor que antes y teme que sus hijos enfrenten un futuro aún más incierto.